Diez principios para prevenir la violencia desde la educación infantil


Los estudios realizados sobre las condiciones que contribuyen a dar una educación de calidad desde la primera infancia, y a prevenir con ello cualquier tipo de violencia, incluido el acoso, llevan a destacar que:


1.- Desde el principio, la familia debe proporcionar tres condiciones básicas: atención continua, apoyo emocional incondicional, y oportunidades para aprender a autorregular emociones y conductas, de las que depende la capacidad para respetar límites. Es preciso ir ajustando estas tres condiciones a los cambios que se producen con la edad. Para ello es necesario que los adultos encargados de la educación desarrollen habilidades para comprender lo que necesitan los niños y niñas en cada momento, para tomar decisiones educativas y para comunicarse de forma adecuada.


2.- Compartir la responsabilidad de educar entre dos personas puede incrementar las posibilidades de que los niños y las niñas encuentren en la familia el conjunto de condiciones necesarias para su desarrollo, siempre que dichas personas se respeten mutuamente y proporcionen modelos empáticos contrarios a la violencia. En otras palabras, la superación del sexismo a través de la igualdad y el reparto equilibrado de responsabilidades familiares entre hombres y mujeres puede contribuir a mejorar la calidad de la educación, puesto que cuando una persona sola tiene que asumir esta responsabilidad, como suele suceder en la división sexista de funciones domésticas, existen más dificultades en situaciones críticas para garantizar las tres condiciones. 


3.- Responder a las demandas de atención del niño con sensibilidad y coherencia le ayuda a desarrollar un modelo empático, seguro, basado en la confianza en sí mismo y en los demás. Como ejemplo de dicho principio, y en contra de lo que a veces se cree, cuando se atiende con sensibilidad y rapidez el llanto de un bebé se favorece su seguridad, transmitiéndole que cuando una persona necesita ayuda puede pedirla y obtenerla, una de las lecciones más importantes que pueden aprenderse en el primer año de vida.


4.- Transmitir mensajes positivos que el niño pueda interiorizar para aprender a autorregular, a controlar, su propia conducta. Los pequeños necesitan ayuda para afrontar las dificultades (el miedo, la incertidumbre, la frustración...) y suelen aprender los mensajes que escuchan de los adultos en dichas situaciones. Para mejorar su capacidad de adaptación frente a la adversidad es preciso que dichos mensajes sean tranquilizadores y alentadores, evitando los mensajes de signo contrario.


5.- Para enseñar al niño a respetar ciertos límites, conviene orientar la crítica a conductas específicas, ayudando a que entienda dentro de sus posibilidades, por qué no debe emitir dichas conductas, qué consecuencias negativas suponen tanto para el propio niño como para los demás, dándole la oportunidad de hacer algo para reparar el daño originado, y sin cuestionar el afecto que tanto la madre como el padre deben garantizar al niño de forma incondicional. Si, por ejemplo, un niño de cuatro años ha dejado caer la comida en el suelo, se le puede decir “Hay que tener más cuidado. 

¿Qué puedes hacer para arreglarlo? Recogerla, sí”. El hecho de acompañarle mientras lo recoge y de reconocerle al final que eso es lo que hay que hacer cuando pasa esto, permite al niño aprender a darse a sí mismo dichos mensajes cuando vuelva a suceder algo parecido y regular así sus emociones y conductas en situaciones de adversidad.


Por el contrario, si el adulto grita, si le pega o si le dice que ya no le quiere, dificulta con ello considerablemente el aprendizaje de la autorregulación de emociones negativas, incrementando el riesgo de rabietas y conductas antisociales.


6.- Desarrollar contextos y rutinas de comunicación, en los que el adulto esté dedicado exclusivamente a compartir la actividad con el niño o la niña, como los juegos o los cuentos. A través de ambos pueden transmitirse mensajes positivos, con un final feliz, en el que las acciones de los protagonistas sean previsibles. La repetición de las historias y su utilización como punto de partida para una conversación tranquila entre el adulto y el niño, en la que éste pueda expresar todo lo que le preocupa o interesa, y encontrar respuestas adecuadas, incrementa sus ventajas. Un importante valor de estas situaciones es que pueden formar parte de las rutinas diarias (por ejemplo antes de dormir), favoreciendo así un contexto habitual de atención compartida y relajada que puede favorecer que los niños y las niñas pidan ayuda cuando la necesitan y detectar desde sus inicios situaciones en las que sea preciso intervenir, como las situaciones de acoso.


7.- Enseñarle a estructurar su propia conducta con coherencia, en relación a la conducta de otra(s) persona(s) y aprender significados sociales complejos. Cuando el adulto comparte con el niño determinadas tareas, dejándole participar activamente en ellas, le ayuda a comprender su significado. La lectura de cuentos antes de que el niño sepa leer, o los intercambios verbales entre el adulto y el bebé antes de que éste sepa hablar, son dos buenos ejemplos, que representan la base de conductas posteriores de gran complejidad: la lectoescritura y la comunicación hablada. Esta última se favorece, por ejemplo, cuando el adulto ocupa los silencios del balbuceo del bebé con frases, como si el balbuceo tuviera intención comunicativa. Así, está ayudando a que el bebé se quiera comunicar, anticipe lo que va a pasar, y aprenda a intercambiar papeles (el que habla y el que escucha), proporcionado con ello una importante oportunidad para aprender a regular su conducta en relación a la conducta de otra persona. Un aprendizaje fundamental para prevenir la tendencia a intentar influir con violencia, que se incrementa con la desestructuración, entendida como caos, como imposibilidad de entender y predecir qué va a pasar, y qué normas es preciso respetar.


8.- Ayudarle a desarrollar la motivación por ser eficaz, por superarse y habilidades para lograrlo. Desde el final del primer año de vida el niño sabe que su conducta le pertenece y comienza a desarrollar la capacidad de dirigirse hacia objetivos. Este es el origen del sentido de su propia eficacia, de la que depende la capacidad para influir sobre el entorno con éxito, cualidad de gran relevancia en la calidad de la vida de los seres humanos. Las deficiencias en esta importante tarea evolutiva incrementan el riesgo de violencia en edades posteriores, al aumentar la necesidad de conseguir atención y protagonismo de forma negativa.


Para prevenirlo y favorecer el sentido de eficacia, conviene ayudar al niño a plantearse objetivos realistas, elegir medios adecuados, esforzarse en su logro superando los obstáculos que con frecuencia aparecen y valorar los resultados con optimismo. Para lo cual conviene favorecer que obtenga éxitos y que cuando se encuentra con dificultades las interprete con un optimismo inteligente que le ayude a superarlas, puesto que la interpretación muy negativa suele paralizar e impedir su superación.


9.- Anticiparse a las situaciones en las que surgen conductas agresivas o rabietas y favorecer alternativas.


10.- Cuidar los mensajes que los niños y niñas reciben de forma indirecta (a través de la televisión, los juguetes, los cuentos...) para que sean coherentes con los valores que queremos transmitir, puesto que también influyen en el significado que aprenden a dar al mundo que les rodea.


Revisión bibliográfica realizada por:
Psic. Paula Cueva
Psicóloga Clínica
Escrito extraído de:
Fuente: Díaz M., . (2006). El acoso escolar y la prevención de la violencia desde la familia. Madrid: Dirección General de Familia, Comunidad de Madrid.


Escrito por: Psic. Paula Cueva

¿Cómo se siente hoy?

Gustavo Adolfo Samayoa Garcia a sus órdenes.

doctor

¿En qué lo puedo ayudar?

doctor multidoctores
© 2019 | Familycardservices