Motivación: emociones y valores en juego


El manejo de las emociones nos ayuda a actuar en sintonía con nuestros valores.
Si bien el manejo de las emociones nos permite ser más dueños de lo que hacemos, nos preguntaremos ahora, ¿qué pasa entonces con los valores, esas ideas, creencias, convencimientos que consideramos imprescindibles para guiar nuestra conducta?...


La clave de la inteligencia emocional está en aprovechar la energía que pueden aportar las emociones, cuando éstas se ponen al servicio de los valores que uno mismo tiene.
No olvidemos que el empeño por hacer de nuestros hijos personas maduras y adultas, no puede lograrse de otro modo que prestando atención y acogiendo lo más profundo y genuino de su persona, esto es, sus emociones y especialmente sus valores.


Si nos paramos a pensar, no hay conflicto que no esté influido por una contraposición de sentimientos o por la confrontación de valores importantes para ella. Por ejemplo ante las dudas a la hora de escoger una carrera, de decidir acerca del futuro profesional o cuestiones más relacionadas con las relaciones interpersonales.


Ante estas situaciones, la sensación de desestabilización y malestar interno es en muchas ocasiones, el elemento clave que nos motiva a cambiar o a buscar ayuda de otras personas.
Sin embargo, es preciso tener en cuenta que las emociones y las conductas que de ellas pueden derivarse, no son necesariamente reflejo de los valores que cada uno tenemos, sino que pueden producirse simplemente como reacción a un sentimiento espontáneo.


Veamos un ejemplo de ello: “Imaginemos el caso de un chico de 16 años, Mario, que entiende y manifiesta abiertamente su valor de pacifismo y no violencia, que habitualmente se comporta de manera amigable con sus compañeros y no suele generar conflicto en clase.
Un día, animado por un grupo de compañeros, habitualmente enredados en peleas y actos vandálicos, juegan juntos al fútbol en el patio del colegio. Después de unos minutos de partido, estos últimos comienzan a realizar continuas faltas sobre Mario haciéndole caer en varias ocasiones, empujándole y robándole el balón de manera poco reglamentaria. Tras varios intentos fallidos de mantener la compostura y el juego limpio, Mario es atacado, una vez más por dos miembros del equipo contrario quienes corren hacia él hasta provocarle la caída dando una patada en su tobillo.


Mario, aquejado de dolor y de la rabia por el juego sucio, se levanta del suelo y caminando hacia el chico que le ha hecho caer violentamente le propina una bofetada en la mejilla”.
En este sencillo caso de la vida diaria vemos como las emociones pueden provocar en la persona el descontrol de su conducta así como una actuación contraria a sus valores.
En un caso como el planteado, la conducta de Mario ha sido motivada por su emoción momentánea y no por sus valores.


Este hecho puede resultar simplemente anecdótico, sin embargo, cuando estamos ante decisiones importantes que afectan al futuro de nuestros hijos, como es la deliberación acerca de su futuro formativo, la elección de una carrera, el abandono de los estudios u otras como el consumo de drogas o alcohol, delincuencia, etc., es preciso que le ayudemos a identificar sus valores que son, más que las emociones, el referente de su carácter.


Podríamos decir que en la toma de decisiones que son irreversibles o especialmente significativas para nuestro hijo o para la familia, la deliberación debe hacerse guiada más que nunca, de la mano de los valores más que de las emociones, especialmente si ésas son de excesiva intensidad, como expresaba Tolstoi en una de sus obras “para casarse es necesario desenamorarse un poco”.
De esta manera, los padres están llamados a facilitar la explicitación de los valores familiares, tanto los propios, especialmente los más relacionados con la familia y la educación de los hijos, como también los valores de los restantes miembros del grupo, que si bien pueden guardar una gran similitud, no serán habitualmente (y quizá nunca deban serlo) copia exacta de los valores de los padres.


Sólo a partir de esta identificación de los valores, es posible que el joven trabaje por ponerles nombre, los jerarquice, los cuestione y confronte en un momento dado, y finalmente, se apropie de ellos en su proceso de maduración personal.
A veces encontramos jóvenes que han sido inoculados de los valores propios de su familia como quien administra los alimentos necesarios para su crecimiento, sin embargo estos valores no han sido reflexionados ni interiorizados por éstos, y por lo tanto no son contemplados en la toma de decisiones o en el panorama de su horizonte personal.
Puede ser incluso que se den de modo forzado como dogmas fuera de los cuales el comportamiento del sujeto es tachado de reprobable, experimentándose cierto sentimiento de culpabilidad por no estar obrando de acuerdo con las normas familiares que nunca fueron asumidas como propias.


Por otra parte, esta búsqueda y recolocación del joven frente al mundo de sus valores alcanzará su apogeo durante la etapa de la adolescencia cuando, el individuo experimenta la necesidad de asentar su identidad y personalidad en el mundo de los adultos y forjarse un yo distinto del mantenido hasta entonces.


En este momento, los valores mantenidos en la niñez pueden servir de base para el desarrollo de los nuevos, y en muchos casos así es, sin embargo, los padres deben permanecer sensibles a nuevos valores que pueden emerger en su hijo y que pueden ser relevantes en su vida, aunque sólo sirvan para cuestionarle y más tarde sean desechados.
Nada silencia y ahoga más la comunicación entre padres a hijos que la sensación de éstos de estar siendo juzgados o infravalorados por profesar determinados valores en un momento dado.
Una actitud de respeto y aceptación a estos posibles cambios resulta crucial para poder progresar en la maduración de la toma de decisiones.


Revisión bibliográfica realizada por:
Psic. Paula Cueva
Psicóloga Clínica
Fuente: Muñoz, C., (2017), Inteligencia Emocional, el secreto para una familia feliz., Dirección General de Familia, Comunidad de Madrid.


Escrito por: Psic. Paula Cueva

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